Desde el momento en que se creó el Jardín de Infantes como institución
dedicada a la infancia, el juego se definió como el método para enseñar a los
niños pequeños
La centralidad dada al juego marcó de tal manera las prácticas de enseñanza que
le otorgó al Jardín de Infantes una fisonomía particular. Muebles adaptados al
tamaño de los niños, juguetes de diferente tipo, objetos puestos al alcance y clasificados
según su función, colores y dibujos diferencian las salas de Jardín de las
de primaria.
Los cambios curriculares y el paso del tiempo no parecen afectar los enunciados
en torno a la importancia del juego en las salas. Por el contrario, dos hechos marcan
hoy una revalorización del juego en los documentos oficiales:
_ La Ley de Educación Nacional señala al juego como uno
de los objetivos de la Educación Inicial.
_Los Núcleos de Aprendizaje Prioritarios para el Nivel Inicial destacan
su importancia en la acción educativa del nivel y la responsabilidad
del educador por enseñar a jugar dada la diversidad de historias culturales
y sociales que portan los niños. En este sentido señalan:
“La variación del juego está fuertemente condicionada por la pertenencia
social, por la experiencia y condiciones de vida (a qué y cómo se
juega). Si entendemos el juego como un producto de la cultura podemos
afirmar que a jugar se aprende y en este sentido se recupera el
valor intrínseco que tiene para el desarrollo de las posibilidades representativas,
de la imaginación, de la comunicación y de la comprensión de
la realidad. Desde la perspectiva de la enseñanza, es importante su
presencia en las actividades del jardín a través de sus distintos formatos:
juego simbólico o dramático, juegos tradicionales, juegos de construcción,
juegos matemáticos y otros, que se desarrollan en el espacio de
la sala y en espacios abiertos”
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